Recogí mis alas para poder estar mejor. Para poder mirarme al espejo y para poder disfrutar de mis texturas. De estos muslos aterciopelados y esos senos coronados de un encanto rosa metálico.

    Y para imaginar la dulzura de tu piel de infarto y tus labios torneados por la lujuria.

    Quien te hizo así tenía muy malas intenciones. Hay que joderse, que el creador que me pide respeto te me ponga delante.
    Recogí mis alas también porque, después de todo, a mí, un demonio, no tiene que hacerle mucha gracia que un ángel la corteje. Oculto las alas, y desearía que las llamas de mis infiernos disimularan los infiernos que ése hombre desata en mi piel. Quisiera que él me desease… Que se volviera mi ángel pervertido…

    Mis alas escondidas en mi espalda, mis alas que me recuerdan lo antiterrenal que soy. Y, sin embargo, tan sexual…  Y tú, frente a mí, con tu humanidad, más ángel que humano, más sexo que hombre. Lo miro y me hierve la sangre, si es que tengo, que lo dudo. Pero algo me quema, algo me posee mientras me deleito con tus palabras diarias, tus banalidades, tus risas superfluas y las mías intrascendentes…
    Tu alma…

    Sudor  y fuego en sus venas. Puede que también algo más… Pero esa piel… Canela y fuego… Su mirada… La total certeza de sus respuestas y… El sabor de su sexo. No hay nada que uno pueda desear más que ese sabor perdido en la boca; bajo la lengua, en el velo del paladar, en la garganta… Éso quiero. Tu sabor, tu sexo.
    ¿Y yo? Cabellos oscuros, pechos firmes, sexo húmedo…

    Loca me vuelvo cuando te imagino alrededor de mi cintura, y tus manos aferradas a mis alas, desplumándolas. Uñas que cortan tu espalda. Y sí, es verdad, no sangro…
    El destierro. Me espera el destierro entre tus brazos y no me importa. Y allá que voy, a consumirme entre los senderos de tu carne, entre las humedades y durezas de tu placer inmenso. Fuego húmedo donde abandonarme a tu terrenalidad, a tus pasiones si me dejas… Y aunque no me dejes. Vas a ser mío, aunque no me dejes…