Entrechocar de lenguas, entrechocar de cuerpos. Tus brazos rodeando mi espalda, aferrados a mis nalgas; mis uñas en tu cabello. Lío de besos, caricias, lenguas que se buscan hambrientas… Y gemidos. Muchos suaves gemidos.

Me encanta estar entre tus brazos, abandonarme a las sensaciones que me producen tus labios al explorarme, tus dientes al morder mi labio inferior, tu lengua a desvivirse en mil expediciones tiernas y excitantes.

Me río porque soy feliz a tu lado, porque tus dedos hábiles me tienen satisfecha, porque tus actos perversos en mi cuerpo me hacen desearte todos los días, a cada hora. Despertar pensando en ti, desnudarme y tocarme pensando en tu cuerpo, dormir soñando que me posees. Reír es bueno, es sano; pero gemir…  Gemir es mucho mejor. Y yo lo hago contigo todos los días.

Mis gritos los apacigua tu boca pidiendo silencio, que no nos escuchen, que no nos descubran. Me gustaría que me dejaras gemir al terminar, gritar cuando exploto de placer, arqueando mi cuerpo y abandonando mi sexo a la intensa sensación de sentirme penetrada por la cálide dureza de tu masculinidad. Desplomarme rendida y aun no satisfecha, deseando volver a escuchar tus obscenidades que hasta hace un momento prodigabas a mi cerebro en fase sexual completamente activada.

Nadie más que tú sabe de éso. Del muy buen sexo.

Y ése buen sexo lo quiero ahora… Contigo.