Era un cálido día de verano, a lo lejos algunas nubes se vislumbraban y la soledad de la “oficina” a la hora de comer se dejaba sentir, música tranquila que apenas se escuchaba… de pronto alguien se acercó, al subir la mirada pude ver una silueta que se dibujaba  y mi corazón dio un reparo, reconocí de inmediato de quien se trataba, una sonrisa se perfiló en mi rostro y me apresuré a responder su saludo. Apenas le respondí y sus brazos rodearon mi cintura, un dulce beso se hizo presente e instintivamente le rodeé por el cuello, hacía meses que no teníamos oportunidad de evadir nuestras responsabilidades, ocasionales encuentros furtivos intentando evadir las miradas de los curiosos que apenas nos permitían robarnos un apresurado beso, pero ahora podíamos robarle unos minutos al tiempo.

Sus manos empezaron a recorrerme discretamente por debajo de la ropa mientras me comía los labios, los minutos transcurrían rápidamente, su lengua recorría mi garganta descendiendo con diligencia, mis manos desabrochaban su pantalón y un rincón detrás del escritorio era el silencioso cómplice de aquella aventura. Risas juguetonas, mimos desmesurados, besos apasionados, mordiscos codiciados, abrazos clandestinos, palabras prohibidas y el cielo estaba al alcance de las manos…

Su sudor, mi sudor; mi cuerpo se apretaban a su cadera marcando el ritmo con el que sus manos recorrían mi espalda una y otra vez, erizando nuestra piel, agitando nuestra respiración, dejando la realidad de lado, estremeciéndonos en un vaivén, mis uñas se aferraron a su espalda y caí derrumbada sobre su pecho aun sintiendo los espasmos que me provocaba su deliciosa presencia…

¡Que deliciosa sensación cuando éso pasa y más cuando menos te lo esperas!

Se tuvo qué quedar a la mitad mi historia. Pero en mi imaginación solo tuvo un sentido: fué una flecha que apuntaba hacia lo erotico y hacia el ardiente fuego del deseo de un amante fugitivo.