Hay una especie de calma en la serenidad de tu presencia a mi lado. Tu cordialidad, tu sonrisa y ese modo inteligente y tranquilo que tienes de encajar la vida es como un bálsamo para mi espíritu inquieto. Así, calmo cada día la vorágine interior de ideas y pensamientos en que me sume el día cuando la tarde o la noche me lleva a encontrarte de nuevo.

A veces, es con una charla cualquiera de las nuestras en que se mezcla un poco de humor o nuestro particular modo de ver y analizar la vida aplicado al tema candente del día o a cualquier recuerdo o anécdota traída de vuelta a la memoria. Otras, la calma llega con un aumento previo de esa energía interior, alimentado por el deseo mutuo que nos lleva a acercarnos sin mediar mucho más que un “hola” juguetón, y mordernos la boca, llenándonos del sabor siempre nuevo y siempre igual de la mezcla de nuestras salivas. Ese sabor, tan sólo ese sabor, es a veces mi único modo de alcanzar la armonía cuando alguna vez estás lejos, y cierro los ojos y lo traigo a la memoria, y me invade la paz al sentir que ese sabor ha sido mío y lo volverá a ser.

Por eso, por esos momentos en que sólo tengo su recuerdo, pongo siempre tanta atención cuando, como decía, mi boca muerde tu boca, para fijar el recuerdo, para refrescarlo, reavivarlo y recargarme de su esencia para cuando vuelva a necesitarla. Por eso, y porque sólo cuando nos besamos así siguen luego las caricias de mis manos por tu cuerpo, y las tuyas por mi espalda, bajo mi ropa, hasta se capta el guión que seguirá la escena y empieza a alejarse ayudada de la energía con la que casi nos la arrancamos, hasta que puedo sentir la gloria de tu cuerpo desnudo apretándose contra el mío y tu erección que enseguida presiona la piel perfecta entre mis muslos.

Qué sensación tan intensa es sentir que tomas mis pechos y mis pezones bajo tus manos, bajo el recorrido y la humedad de tu lengua, mientras te traigo hacia mí aferrada a la firmeza de tus nalgas, sintiendo mis dedos impregnarse en algún contacto fortuito con la aparición de la dureza y la gota de rocío entre la humedad que te provoca la excitación de lo que apenas acaba de empezar y lo que está por venir.

Y siempre, siempre en este punto, hay algo nuevo, siempre tienes algo con lo que sorprenderme cuando tu imaginación y tu fantasía son liberadas para centrarse en la búsqueda del sexo y del placer. Y siempre, sin embargo, la magia se nutre también de lo repetido, de tu cuerpo conocido, de las reacciones ya sabidas y los lugares comunes que son cómplices de nuestra pasión hasta el momento que precede a la mayor de las calmas, que es la que nos invade cuando ya exhaustos nos alcanzan los orgasmos compartidos.

Así, de una u otra forma, continuo venciendo junto a ti todo desasosiego inoportuno y se ha vuelto más productiva toda nuestra enorme energía, que ya no se derrocha más en la búsqueda de lo que nos faltaba antes de conocernos. Y esta conclusión es el motivo de mi calma y mi sonrisa hoy, y el objeto de estas palabras para antes de dormir…