Arrodillada para él, la mirada al frente, respirando agitada al verlo avanzar hacia mí.

Y esa sensación, ese dulce palpitar en mis pechos, los pezones dormidos y el liviano roce al jadear suavemente llega a doler.

Se aproxima con una cadencia rítmica.
Como el intenso latir entre mis muslos. A cada paso suyo, un golpe de tacón en el mármol, y un latigazo en mí.

Con la punta de la lengua me recorro los labios para
acabar frenada entre los dientes. Tan difíciles de soportar las punzadas entre las piernas
que ni apretando los muslos pude detener la urgente necesidad.

Cuando quiero darme
cuenta mi mano baja desde el regazo y se entretiene en mecerme ahí donde mi cuerpo tiembla.

Al abrir la puerta, se sienta y yo apenas puedo susurrar junto a la celosía la consigna ritual.

No pares ahora, no pares. Déjame disfrutar, abandonada sobre la cama y déjame ver como atrapo tu glande entre mis labios.

Disfrutar de tí dentro y fuera de mi boca, como cuando juegas con la aceituna de un Martini.

Déjame cerrar los ojos. Mientras oigo chasquidos de celofán, déjame alargar el placer de la curiosidad insatisfecha.

No te apartes ahora. Sin mirar, sin tocar, quiero adivinar por qué tanto entrechocar de mis dientes.
“¿Qué haces, escandalosa?” preguntas mientras rasguño el frío tacto de mi cama. Y ahora un heladez que
me quema desde tu miembro.

Lo siento arder y tiemblo. Dame tu lengua y hazla danzar en
círculos en la mía.

Golpeo tu caramelo contra el mío. Como a ti te gusta.

“Tu menta y mi eucalipto: pican
tanto que hacen llorar”, me dices. Pues no llores, que yo sonrío.