Vivo olvidada

de mi cuerpo.

Cuando miro la aurora,

confusamente lo recuerdo bello,

cual si estuviera

fuera de mí y muy lejos.

Más cuando tú me coges

me lo siento

todo,

duro, suave, dibujado, lleno,

y gozo de él en ti y en mí,

contigo, descubierto, en su secreto.

Tus manos presurosas se afanaron y luego,
como un montón de sombra, cayó el traje a tus pies,
y confiadamente, con divino sosiego,
surgió ante mi, tu exquisita y firme desnudez.

Tu cuerpo fino, su fuerte y viril asta se erguía.
eras en la penumbra como una claridad.
Era un cálido velo, que todo te envolvía,
la inefable dulzura de tu serenidad.

Con el alma en los ojos te contemplé extasiada.
Fui a pronunciar tu nombre y me quedé sin voz…
Y por mi ser entero paso una sacudida sagrada,
como si en ti, desnudo, se me mostrara Dios.