No me digas que esta noche no estará tu presencia murmurada,
tu casi invisible presencia,
de tan distante que me eres,
de tan silencioso e irresistible que esta noche te siento.

Aquí, tendido a mi lado, está tu desnudez utópica
como casi una nota musical suspendida;
en medio del silencio de la medianoche,
cuando nadie sospecha tu presencia, una sensación
que silenciosa, que lascivamente me ha interrumpido.

Hablemos. Callemos… ¿Qué es el sexo? Vivirnos.
Vivirnos día a día. Son momentos. Son minuto. Son el inmóvil
discurrir de la vida.
Quietos,
¿qué importa que pase el tiempo? Que siga su corriente.
Quédate quieto, quietísimo, donde tú estás eternamente.
Eres mío mientras yo te contemplo, yo te vivo, trabajo,
amaso mi vida contra aquello que pasa.

Soy lo que esperas, y quien espera pasar.
Pero no paso, abrazada a ti, a tu estar, a tu sonreír, a tu existir sin medida.
Silencio que hiere donde milagrosamente un deseo resuena.
Un fuego que arde y que en la oscuridad nunca cede,
nunca cae, y en mi cueva indecible misteriosamente brilla.

Brillo, humedad, calor, sabor… Presente continuo que en mi cueva
del deseo se recrea.
Únicamente nos enredemos en mis fantasías
y siento aquí el aire delgado e inmóvil
de ésa cueva sublime,
y allí tú, vigorosa figura que por siglos esperaba,
gota mística donde con el solo brillo de mi interior
interminablemente resplandeces.

Carne, alma mía, verdad concreta, cuerpo ostentoso.
Viril tú, viril siempre, que a mí dadivosamente has sido pronunciable.
Pronunciarte, decirte, con tus sinsabores adorarte,
sensación negable, pero real, continuamente vivido como una verdad
confesada.
Mi confesión, mi frágil ser, mi simple estar, mi vida sola,
tú, mi perpetua manifestación de deseo hasta el fin de mi fantasía.