Siento tus ojos mirarme y desnudarme sin tocarme; y sé lo que estás pensando, porque yo hago lo mismo contigo.
Veo cómo tus ojos recorren mi rostro y bajan hasta mi escote mientras desvias la mirada de los botones de mi blusa.

Jugamos a no mirarnos, a la indiferencia fingida, al amigo inocente, a la excitación oculta y contenida. A que no recordamos los labios del otro, el tacto del otro, el cuerpo del otro. Tu sexo en mí, mi sexo abrazándote, tus manos quemando mi piel, mis labios devorando los tuyos.
Finjo que no me excita tu voz barítona. Finjo que tus manos me producen indiferencia mientras intento no recordar cómo jugaban con mi cuerpo, cómo ansiosas buscaban rincones de mi cuerpo aún privados para ti.
Finges que desconoces el sonido de mis gemidos en pleno éxtasis, mi respiración agitada sin contención, dejándose llevar por las sensaciones, por el placer. Finges que no conoces las contracciones de mi cuerpo cuando el placer ya no da tregua, cuando la sangre arde dentro de mí, mientras clavo mis manos en tu cuerpo intentando aferrarme a esas sensaciones el máximo tiempo posible.

Recuerdo momentos que sonrojan mis mejillas. Y no me preocupa que el resto de los presentes lo note, que vean cómo mirarte tiñe mi rostro de rubor. No me importa que tú te percates de ello, sé que eso te excitará aun más.
Me sonríes y casi puedo sentir el calor de tu cuerpo llegando hasta el mío. No puedo evitar dejar caer mi mano sobre mi regazo y rememorar tus caricias, ascendiendo por mi pierna, estrechado mis caderas y guiándo tu cuerpo hacia mi sexo. Aprieto mis piernas y contengo la excitación. Te miro y te devuelvo la sonrisa, discreta, tímida, dejando que sólo mis ojos de hagan saber lo que en esos momentos pienso, deseo, necesito…

Al percatarte de mi cercanía, te giras. Tu rostro y tu mirada han cambiado respecto a diez minutos antes. Ahora sí es evidente que somos los tú y yo de hace unos días. Te incorporas, me sonríes y me desarmas. No te he dicho lo mucho que me gusta tu melena, pero creo que lo intuyes por lo directo de mis caricias y rasguños hacia esa zona de tu cuerpo. Me encanta introducir los dedos entre tu pelo, acariciarlo desde dentro. Siempre he tenido cierta debilidad hacia los chicos con el pelo suave.

Y sin mediar palabra, te agachas ligeramente para ponerte a mi nivel y besas mis labios. Un solo beso, directo, pausado, saboreando mis labios, pero único. Creo que esperas que sea yo quien lo continúe.
Miro ligeramente hacia la puerta y me dices que esté tranquila, que cierra por dentro, que estamos solos. Bajo mi mirada pensando qué quiero que pase. No es el lugar, pero no puedo no besarte. No puedo no dejarme llevar. Y agarro el costado derecho de tu camiseta para atraerte hacia mí.

Tu perfume me embriaga. A esta distancia, mezclado ligeramente con el exquisito aroma de tu piel, resulta aún más cálido. Tus labios son suaves y están mucho más relajados, aunque ganan intensidad cada segundo que pasa.
Has posado tu mano sobre mi cintura y posteriormente bajado por mi trasero. Noto como todo mi cuerpo se estremece. Sé que no es el momento, sé que no es el lugar, sé que debemos parar y recuperar las formas.
Pero no podemos meter freno, quiero que le des velocidad, quiero que me digas que te mueres de ganas por poseerme… Sabes que yo también.