Odio cuando llegas así, con ese aire de grandeza creyendo que puedes tener el mundo a tus pies.
Odio que me hagas dudar de mis capacidades de sorprenderte, divertirte y amarte.
Odio que me hables como si el hecho de estar conmigo fuera un enorme privilegio.
Odio que tus besos en mi cuello sean mi calmante ante mis berrinches.
Odio que intentes tratarme como a una muñeca de aparador que tiene que cumplir cada uno de tus caprichos.
Odio sentirme vulnerable, por cualquier razón, y me incomoda saber que tú tienes la última palabra.
Odio que despiertes mi ego y nuestros encuentros se vuelvan una lucha de poderes.
Odio que me hagas sentir debilidad ante ti con ésa soberbia que solo despiertan en mi un incontenible deseo de poseerte, pero me satisface saber que me deseas, que aparezcas sin que te busque, y que me llames sin si quiera yo pensarte.
Odio que tengamos el mismo carácter firme, y la misma debilidad sexual.
Odio que tu loción amaderada se quede en mi ropa y en la piel para recordarme que soy exclusivamente tuya.
Y odio que, al final del día, decidamos que nuestras diferencias van a resolverse haciéndonos un oral…

Me molesta, pero me excita el solo hecho de pensar el deseo y la lujuria que te envuelven al recordarme; mi calma regresa cuando veo el rostro del placer en ti mientras nos recorremos palmo a palmo, cuando me devoras sin contemplación y tus manos se desviven en frenéticas caricias, cuando te tengo entre mis manos mientras te retuerces, muerdes tu labio inferior y puedo hacer contigo lo que se me antoje…
Adoro tu cuerpo. Y aunque lo que callas bajo ese manto es indiferencia y frialdad y debería detestarte y debería huir de tu cinismo, no puedo…

Me pregunto entonces: ¿Quién está en manos de quién?