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¿Cómo iba yo a saber que un simple concierto iba a ser el comienzo de un idilio? Y él dijo, muy seguro, que íbamos a entrar al concierto juntos y todo. Yo le dije que me iba a largar al concierto a como diera lugar: “Now! And withoutyou!” Pero bueno, debo confesar que sentí un vértigo maravilloso pensar que quizás ése día íbamos a pasar de “girlfriend and boyfiend” a “just lovers.”

O sea, me gustó, y cuando a mí me gusta un hombre ¡zas! se arruina todo. Me mostró ser un buen tipo, noble, auténtico de verdad. Pero lo que tiene de bueno lo tiene de prohibido, y ésa prohibición lo único que hizo fué alimentar a mi monstruito que se alimenta de puras prohibiciones. ¡Ding, ding, ding, ding! ¡Prohibido el hombre cuarentón divorciado!

Y yo, despepitando mi vida ante sus ojos, diciéndole lo linda, joven, atrevida, excesiva, impulsiva, apasionada e intensa que soy. La niña ñoña en proceso de convertirse en mujer muy inconveniente. La niña atrapada en cuerpo de mujer, que necesita un novio fuerte y obediente urgentemente, preocupada por enganchar nuestros destinos en una sola noche.

Y funcionó. No sé quién de los dos es más ingenuo… Ni me interesa saberlo. En la noche del concierto de Pink Floyd no pasó nada. Ése hombre se empeñó en hacerme creer que no me veía los senos, o el trasero o cualquier otra parte de mi cuerpo ; pero en las citas siguientes con ése hombre decidí que yo iba a tomar el control y yo haría que se acabara el mundo.

-“¿Me das un beso?”-, me dijo. Y yo le respondí “Yes” con su debido “right now.” Me acomodé a manera de darle un beso largo, larguísimo, sensual y húmedo. Smack, mua, smack, muack, smack, mua, smack, smack, smack, mua, mua…

Y ésos besos continuaron en el cine, porque tuvo la buena intención de llevarme al cine, a cenar y nada más. Pero como soy la clase de mujer que disfruta tener lo que no merece, decidí no meter freno, decidí hundir el pie en el acelerador.

Él tomó sus propias decisiones. Decidió darme largas caricias y besos y lascivas miradas. Decidió disfrutarme palmo a palmo, desnudarme toda para vestirme con sus besos, en mi cuello, en mi espalda, en mis pechos, en mi vientre, en mis muslos, en mis pies… Hasta que ya no pudimos más…

Yo decidí sentir, ver, oler y saborear su delicioso cuerpo masculino. Fué ése apretado abrazo, ése húmedo beso, ésa larga caricia, ésa perversa mirada, lo que nos impulsó aún más.

Para mí fué tomar entre mis manos su exquisito miembro, atrapando entre mis labios ésa discreta gota del líquido transparente de la punta.

Fué su cuerpo sobre el mío y fué enredar mis piernas en su cuello, sentir sus besos en mis muslos, mis dedos enredando su cabello, sus caricias en mis pechos, los mordiscos en mi cuello, la calidez de su abrazo, la intensidad de su mirada y el sudor en su rostro mientras disfrutaba de mi entraña inquieta y humedecida.

Fué para los dos, descargar el enorme deseo que conteníamos el uno por el otro, devorándonos con enorme deseo y furia.

Es un hombre maravilloso, dentro y fuera de la cama, y éso me hace desearlo aún más. The best sex-partner ever.

¿Lo amo? Sí. ¿Amarlo mucho? Puede ser. Pero, ¿amar demasiado? ¿Es una exageración? ¿Sería como ponerle salsa Valentina a un chile habanero? ¿Aplica igual para el sexo? ¿Está de mas preguntar? ¿Se acentúa la palabra “mas”? Lo único que se acentúa aquí, son mis deseos de volverlo a ver…